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//Warmi Imbabura: Tejiendo redes de cooperación feminista vasco-ecuatorianas

Warmi Imbabura: Tejiendo redes de cooperación feminista vasco-ecuatorianas

Paolina Vercoutére, Viceprefecta de Imbabura, Ecuador, asistió a un encuentro organizado por la fundación Warmi Ametsak - Sueños de Mujer (Wasmu), junto a Lorena Mora y Cristina Ubani, para participar en la charla Mujer, Derechos y Violencia, y presentar su proyecto.

2024-02-23T14:34:10+01:0023 febrero 2024|Reportajes|Sin comentarios

Por Laura Fontalba

Paolina Vercoutére es la primera mujer indígena en llegar a gobernadora y, actualmente, es Viceprefecta de la provincia de Imbabura, en Ecuador. Se define a sí misma como «política, kichwa, mamá y deportista». Y ha sido su participación en la política lo que le permitió llevar a la agenda institucional cuestiones relacionadas con la mujer, a fin de terminar con las violencias que esta sufre. Durante su presentación, explicó cómo la primera vez que vino a Euskal Herria, coincidente con sus inicios en la participación en política, se dio cuenta de la importancia de luchar y reivindicar los derechos lingüísticos. Ella proviene de una familia con un contexto de interculturalidad, también de lenguas, de ahí que, al llegar aquí, sintiese una afinidad con la defensa de la lengua y la cultura del lugar, lo que hizo despertar esa parte de su conciencia. «Siento una gran gratitud y os veo como pueblo hermano, y como demostración de luchas cada vez más amplias y ambiciosas», explicaba.

De hecho, tal y como aseguró Alicia Quirola, de la Asociación Solidaridad Vasco Ecuatoriana (ASVE), quien moderó la mesa: «Estamos en distintos lugares del mundo, pero nos identificamos en esa búsqueda de construcción para romper los techos de cristal». Una «identificación común» que refleja muy bien el nacimiento de Warmi Imbabura. Un centro de atención y protección de derechos, cuyo gran desafío es visibilizar las diversas violencias sufridas en cada territorio. Allí, aportan atención integral y psicosocial a las usuarias, proporcionándoles profesionales como psicólogos, abogados, etc., que las acompañarán y ayudarán durante el proceso previo y posterior de denuncia de cualquier violencia sufrida. Principalmente, hacen énfasis en la población en situación de exclusión, discriminación, pobreza y vulnerabilidad.

Cuando hace diez años Paolina Vercoutére decidió «hacer política», entendió el gran desafío que esto supone para una mujer. Ella misma relataba cómo se encontró con un tipo de violencia política que surge al llegar al espacio político y adentrarse en la toma de decisiones, que además coincide con una estructura global que dificulta que las mujeres puedan participar en una disputa de poder sin considerarlas «intrusas». De ahí que una de sus banderas es que no se puede hacer política sin reflexionar sobre lo que ocurre a las mujeres sólo por ser mujeres y, en consecuencia, sin indagar en la propia vida personal. «Tenemos que deconstruir la idea de que una misma, para ser creíble, no debe hablar de su experiencia y vida personal. Es mentira. Hay que politizar nuestra vida y nuestra propia experiencia, lo que vivimos como mujeres y como políticas; y debemos embanderar estas luchas dejando a un lado esa posición de fortaleza inquebrantable. Hay que hablar desde los dolores y desde lo que nos atraviesa para ser merecedoras de que la gente crea en nuestra autoridad», aseguraba. Un proceso en el que Vercoutére ha recibido muchos golpes, pues, debido a sus luchas en defensa del aborto, la identidad indígena, etc., se ha enfrentado a calificativos como feminazi, hembrista, entre otros, que, durante cuatro años, generaron una exclusión sistemática que le impidió ejercer su cargo. No obstante, estos no consiguieron que abandonase la lucha de la que, a día de hoy, se siente orgullosa, pues con su perseverancia ha logrado modificar leyes a favor de las mujeres y en denuncia de la violencia política, así como muchos otros tipos de violencias. «No se puede alcanzar una sociedad justa colectivamente si no hablamos de todas las violencias y jalamos a ese lado de la sociedad que se dedica a negarlas», aseguraba.

Sin ir más lejos, Vercoutére hizo hincapié en las violencias cercanas a su entorno. Relató cómo Ecuador atraviesa un contexto de mucha violencia. A tal punto de que, allí, siete de cada diez mujeres son víctima de algún tipo de violencia; y, sólo en su provincia, un 8’2% de mujeres sufren violencias. Frenarlo desde la individualidad es prácticamente imposible, de ahí que priorice la alianza con distintos actores, tejer redes de apoyo o intentar hacer una política más creativa. Es en este punto en el que entra en juego Warmi Imbabura. Este abarca todo tipo de territorios, también indígenas, donde «hacer justicia» resulta aún más complejo. «En un territorio indígena puede haber justicia indígena, con lo que entra la discusión de cómo en esos territorios las mujeres pueden acceder a una justicia sin vulnerar sus propios derechos, pero también respetando sus orígenes», explicó.

En la misma línea, Lorena Mora relató cómo durante el desarrollo de Warmi Imbabura, descubrieron que las mujeres de la ruralidad e indígenas de Imbabura se sentían violentadas y racializadas en las instituciones. “Cuando nosotras mismas somos víctimas de violencia, vemos todos los vacíos que existen. Primero, se necesita acompañamiento para poder denunciar y, después, seguir un proceso, pero, además, se debe hacer un seguimiento a ese proceso», explicaba. Es por ello que desde Warmi Imbabura se trabajan cuatro ejes, tanto en kichwa como en español, a fin de acercar los servicios públicos de una manera cálida y eficiente a todas aquellas personas que precisen de ellos.

El primer eje se centra en la creación de un centro de atención a mujeres que sufren violencia de género. Allí, son atendidas por trabajadoras sociales, psicólogos y abogados, y se les ofrece otro tipo reparaciones como, por ejemplo, desde la salud comunitaria. Relacionado con ello, el segundo eje es el de crear emprendimiento para mujeres víctimas de violencia de género, porque concluyeron que, cuando una mujer es víctima, uno de los principales motivos para no poder alejarse de dicha situación es la dependencia económica. El tercer eje se dirige a dos grupos. Por un lado, jóvenes de pueblos y nacionalidades, a fin de disminuir el alto índice de jóvenes desempleados que hay en esos sectores; y, por otro lado, a la erradicación de la desnutrición infantil, pues sólo en la provincia de Imbabura hay varias parroquias rurales que arrastran el mayor índice de desnutrición. Contra ello, desde Warmi Imbabura proveen alimentación completa a dichos niños y niñas; e información y talleres de capacitación para sus padres. Finalmente, el último eje se centra en la salud sexual y reproductiva, pues el índice de embarazos jóvenes también es muy alto y la atención por parte del Ministerio de Salud, sobre todo hacia mujeres de la ruralidad, no consideran que sea la apropiada. De hecho, desde el proyecto, apuestan por la contratación de sanadoras para que las mujeres indígenas puedan sentirse mejor acompañadas.

A pesar de su buena labor, los elevados costes económicos que precisan para llevar todo ello a cabo son una de las principales dificultades. De hecho, Mora explicó cómo el 70% del presupuesto destinado por parte del Gobierno al eje social se ha gastado en la contratación de personal técnico, psicólogos, abogados, sanadoras, etc. De ahí que considere tan importante la presencia de las mujeres en la política, porque, desde un enfoque feminista, pueden tomar decisiones a favor de la política social y la erradicación de los diversos tipos de violencias.

«El feminismo, si es algo, es internacionalismo», aseguraba Cristina Ubani, quien, tras la participación de Paolina Vercoutére y Lorena Mora quiso hacer algunas consideraciones. Resaltó la importancia de destacar que las mujeres siempre trabajan a favor de los Derechos Humanos y que esto no sea mera casualidad, pues la relación de ambas partes es muy pertinente. «Los derechos de las mujeres sólo se formalizan en sociedades abiertas, democráticas y pacíficas. Bien sabemos que donde no hay paz y los sistemas de gobernanza no son sólidos, pintamos poco», lamentaba. Para ello, existen dos vías. Por un lado, reafirmó la necesidad de construir instituciones políticas fuertes en las que participen mujeres feministas que, desde la lucha institucional, puedan implementar políticas contra las violencias sufridas. «Necesitamos entrar al BOE», aseguraba y añadía: «La paridad no es suficiente. Necesitamos mujeres feministas que sean capaces de trasladar nuestras agendas a los presupuestos del estado, a la creación de nuevas leyes, normas, etc.».  Por otro lado, destacó la necesidad de crear nuevos marcos interpretativos de la violencia: «La violencia contra las mujeres es estructural, y esa es la interpretación y aportación del feminismo, el único movimiento que, a día de hoy, puede transformar las estructuras patriarcales». Una idea que apoyó Paolina Vercoutére al asegurar que el mundo patriarcal en el que vivimos hace un «pacto» entre varones para que las mujeres sean violentadas. De ahí la importancia de combatir dichas violencias porque la sociedad patriarcal no se sostendría sin ellas.

A pesar de la amplitud con la que se presentó el encuentro: «Mujer, Derechos y Violencia», organizado por Wasmu y su presidenta, Nerea Laucirica, todas las participantes encontraron la forma de llegar a puntos en común. «Cualquier feminista del planeta que en tan solo 10 minutos se mire, reconozca, deje las diferencias y se ponga a hablar de lo común, de los males y cautiverios de las mujeres, rápidamente se encontrará con historias que coinciden», aseguró Cristina Ubani, quien, citando a Ana de Miguel, añadió: «Esta sociedad no la hemos construido las mujeres, porque jamás hubiéramos construido una sociedad en la que nos dé miedo llegar de noche y oscuro solas a casa».

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