Por Laura Fontalba
Ayer, activistas convocados por la Asociación Rif Amazigh Euskadi se concentraron en la Plaza Arriaga de Bilbao para recordar la muerte de Mohsen Fikri y cómo su fallecimiento desencadenó las protestas conocidas como Hirak del Rif. Manifestaciones que han mantenido viva «la llama de la resistencia» y han puesto de manifiesto «la continua lucha del pueblo rifeño por la justicia y la dignidad».
Mohsen Fikri fue un vendedor de pescado que, en 2016, cuando intentaba recuperar su mercancía confiscada, fue aplastado por un camión de basura. El suceso desencadenó manifestaciones en Alhucemas, que pronto se extendieron a otras ciudades. En ellas, exigían «justicia social, mejores condiciones de vida, empleo y el fin de la corrupción». Fueron manifestaciones pacíficas, pero el Gobierno las reprimió «duramente». De hecho, muchos líderes del Hirak fueron arrestados; se documentaron «torturas» y «tratos crueles» en las comisarías; y detenidos denunciaron haber sido «golpeados, humillados y sometidos a condiciones inhumanas». En junio de 2018, el Tribunal ordenó sentencias de entre uno y 20 años para líderes de Hirak, que fueron denunciadas a nivel nacional e internacional. Incluso organismos de Derechos Humanos denunciaron «la falta de garantías procesales y el uso de pruebas obtenidas bajo tortura».
«La región del Rif en el norte de Marruecos refleja una larga historia de resistencia y perseverancia, tanto frente al colonialismo español como en la lucha contra la marginación interna tras la independencia», explicaban ayer durante la concentración. Una historia «llena de victorias», pero también de «sufrimiento», en la que la represión gubernamental, la marginación económica y la marginación política han estado muy presentes, y han desembocado el estallido de movimientos de protesta que persisten aún en la actualidad.
Ayer, activistas recordaban uno de los capítulos más importantes: la «resistencia heroica» liderada por Mohammed Ben Abdelkrim El Khattabi, que llevó a la proclamación de la República del Rif. Todo ocurrió tas el estallido de la Primera Guerra mundial, cuando la tensión entre rifeños y autoridades coloniales españolas aumentó; lo que llevo a que, en contraposición, la resistencia armada contra la ocupación también aumentase. La situación llevó a que, en 1921, se diese la batalla de Anwal: «Una de las más destacadas en la historia de la resistencia contra el colonialismo» y en la que «las fuerzas españolas sufrieron una derrota aplastante». Esta victoria por parte de los rifeños llevó a Khattabi a proclamar la fundación de la República del Rif, con el objetivo de «lograr la independencia total del Rif y organizar la región política y económicamente», puesto que esta contaba con «un sistema administrativo y judicial moderno y un ejército organizado»; lo que la llevó a convertirse en «un símbolo de los movimientos de liberación en el mundo».
Sin embargo, esta resistencia no agradó a las fuerzas españolas, que tras la victoria de la batalla de Anwal, entre 1924 y 1926, decidió reprimirla con «métodos brutales», como el uso de armas químicas prohibidas internacionalmente —como gas mostaza y fosgeno—. Su lanzamiento desde aviones sobre aldeas y campos rifeños causó devastación, víctimas y efectos secundarios que aumentaron enfermedades —como las respiratorias o el cáncer—; unas repercusiones que, a día de hoy, aún se sienten.
«A pesar de los intentos de silenciar este capítulo de la historia, la memoria de las atrocidades cometidas sigue viva en la conciencia colectiva de la región», celebraban orgullosos ayer, pues, aunque la marginación económica y social de la región sigue presente en el debate público, son muchos quienes siguen exigiendo «cambios significativos», eligen no olvidar su historia de resistencia, y demandan «justicia» y «dignidad».