Por DavidBM
Erandio, 17 noviembre 2025 – A veces los aniversarios no necesitan cifras exactas para tener sentido. La asociación Mujeres del Mundo / Munduko Emakumeak celebró ayer domingo en Erandio sus 25 -o quizás 26- años de historia, en una jornada que no fue solo una fiesta, sino una declaración viva de que las luchas se sostienen cuando están hechas de comunidad. Allí, entre voces, sabores, acentos y cuerpos diversos, se respiraba la sensación de que el tiempo recorrido no se mide por calendarios, sino por vínculos.
Desde media mañana, mientras las participantes iban llegando con bufandas, mochilas cargadas y platos preparados en casa, el ambiente se impregnó de esa mezcla tan propia de Mujeres del Mundo: una especie de abrazo colectivo donde conviven la militancia y la celebración. A las 11:00, el “Espectacular Recibimiento” a cargo de Maribi, Pili, Isabel y Begoña abrió el día con humor, guiños cómplices y esa energía que solo se activa cuando las mujeres se reconocen entre sí, después de años de trabajo compartido.
Era un recordatorio de lo que la asociación reivindicó desde el primer momento: “25 años de asociación, militancia y pelea por los derechos de todas son muchos”. Lo decían con orgullo, pero también con la motricidad emocional que da haber acumulado “amistades, tradiciones culturales, denuncias, creaciones, conexiones, alianzas, aciertos y errores”.
Hubo un tiempo en que hablar de interculturalidad y antirracismo parecía suficiente. Hoy, Mujeres del Mundo afirma que ha avanzado hacia lugares más complejos: reconocer la racialización, nombrar la decolonialidad, denunciar los privilegios, reivindicar los derechos de todas las mujeres en todos los lugares del mundo. Es una evolución política y vital que atraviesa a la asociación, tanto como los hilos plateados que algunas de sus integrantes señalan con humor, como signo del camino recorrido. “Seguiremos activas, aprendiendo, denunciando, celebrando y disfrutando”, insistieron.
Entre risas, resistencias y “Limoneras”
A mediodía, el público se reunió para ver a “Las Limoneras”, un cuarteto formado por Maite Txiki, Cony, Itxiar y Emilia. Su intervención -a medio camino entre el teatro popular, la sátira feminista y el humor cotidiano- arrancó carcajadas y aplausos. Era una forma de resistencia: poner la risa al servicio de temas duros, en un formato que interpela sin herir, que invita a pensar desde lo cercano.
Justo después, mesas largas y coloridas se llenaron de platos caseros: “Sabores / Zaporeak”, un intercambio gastronómico donde el arroz con coco convivía con empanadas, tortillas de maíz, marmitako, postres filipinos y dulces árabes. Las conversaciones fluían sin forzar, mezclando idiomas, historias migratorias, acentos múltiples. Como si el mundo se comprimiera en una mesa llena de colores y de alimentos compartidos.
Un acto central lleno de lenguas, música y cuerpos en movimiento
A las 16:00, comenzó el acto de bienvenida, presentado en varios idiomas, reflejo directo del corazón multicultural de Mujeres del Mundo. Fue un tramo de la jornada que combinó solemnidad con emoción.
Primero, Nere y Nancy ofrecieron una reflexión titulada “25 años transitando”, una especie de espejo colectivo donde relataron lo que significa sostener una asociación durante décadas: los miedos, las pequeñas victorias, los cambios sociales, las mujeres que ya no están, las que han llegado nuevas y las luchas que aún faltan.
Después, la palabra poética irrumpió de la mano de Norma Maffare y Dora, cuyas intervenciones fueron pequeñas grietas de belleza y memoria. La poesía se transformó en acción con la performance “Semillas”, dirigida por Argenis Mesa, que propuso sembrar, literalmente y en sentido simbólico, futuros posibles frente a la violencia y el racismo.
La música llegó en forma de voz poderosa gracias a Portia, capaz de llenar el salón con una interpretación que hizo que varias asistentes se llevaran la mano al pecho. La violinista Carmen Gutiérrez Aira sumó un momento íntimo, casi de recogimiento.
Luego vinieron las danzas: las danzas filipinas de la Asociación Pagkakaisa; la poesía de Fatma Galia; la danza ucraniano-árabe dirigida por Ana Karpenko; la fusión de continentes a cargo de Elsa y Dora; la coreografía boliviana de la Asociación Fraternidad San Jorge; el grupo La Alegría, de Manuela; y el Coro Armonía de Colombia-Euskadi.
Cada intervención parecía abrir una ventana distinta al mundo. Cada cuerpo en movimiento traía consigo un país, una lengua, una memoria.
El cierre del acto fue lo más simbólico: todas a bailar el Zazpi Jauzi, una danza tradicional vasca que, ese día, se convirtió en una metáfora perfecta del espíritu de Mujeres del Mundo: un baile que iguala, une y hace comunidad.
Hora Loca: un cierre con ritmo migrante
A las 18:00, como si el día no hubiera tenido suficiente intensidad, comenzó la Hora Loca, dinamizada por DJ La Hija del Nopal (Emilia Larrondo). Música latinoamericana, ritmos afrodiaspóricos y mezclas que hacían imposible quedarse quieta. El baile se alargó, porque cuando las mujeres celebran juntas, el tiempo pierde la prisa.
La jornada terminó sin discursos finales, sin solemnidad, pero con algo más importante: la sensación de haber vivido una celebración que es, al mismo tiempo, un manifiesto político, un encuentro comunitario y un recordatorio de que la diversidad no es un lema, sino una práctica cotidiana.
Y mientras el sol caía en Erandio, entre risas y abrazos de despedida, una idea quedaba clara:
Mujeres del Mundo no celebra solo años. Celebra caminos compartidos, luchas que continúan y el compromiso de seguir abriendo espacios donde todas las mujeres puedan ser, existir y resistir.